Diario de una ignominia: un día en la vida de la hija de un secuestrado
Publicado: jul. 1, 2009 7:47 PM
Por CAROLINA PÉREZ/UPI/CEPER, Universidad de los Andes
Jenny Mendieta tenia 11 años de edad cuando el primero de noviembre de 1998 su padre, el entonces comandante regional de la Policía Luis Herlindo Mendieta, fue secuestrado por una columna de las FARC que contaba con algo más de 900 combatientes, en una toma militar al cuartel de policía del poblado de Mitú, Vaupés, en la frontera con Brasil. Con él, otros 60 militares fueron secuestrados y aproximadamente 37 policías asesinados en este trágico enfrentamiento.
La gran mayoría de este grupo de secuestrados, lograron su libertad tras cumplir casi tres años en cautiverio durante la administración de Andrés Pastrana, en medio de un acuerdo político entre el mandatario y el grupo guerrillero, bajo el marco de un fallido diálogo de paz llevado a cabo en San Vicente del Caguán, Caquetá, de 1998 al 2002.
Sin embargo, Mendieta y otros tantos permanecieron en poder del grupo guerrillero y hoy, después de casi once años privado de su libertad, la batalla de su familia y de cientos de otras más, persiste con el sueño compartido de traerlos vivos de regreso a casa.
Es lunes 11 de mayo de 2009 y estoy parada con el corazón moribundo entonando el himno nacional en la Escuela Santander de Bogotá. Fui invitada por la familia Mendieta a la ceremonia de ascenso que le otorgó a Mendieta el grado de Mayor General, convirtiéndolo así en el secuestrado militar de mayor jerarquía en poder de este grupo subversivo.
Presto especial atención a las palabras del Presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, cuando con una orden impetuosa le exige a las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional hacer lo posible para conseguir la liberación de todos los secuestrados del país. No puedo dejar de pensar: ¿Caray, 11 años y todavía diciendo la misma vaina? ¿Cuándo dejará la libertad de ser vista como un mero capricho testimonial y pasará a transfigurarse en una realidad?
Me incorporo nuevamente al momento recordando que estoy allí para acompañar a los homenajeados, si es que se pueden llamar así. Porque poco o nada recompensa este acto protocolario a las verdaderas victimas de esta despreciable guerra. Tan solo expone una vez más la fortaleza de los secuestrados que en carne propia mantienen la dignidad intacta a pesar de los vejámenes de los que han sido objeto durante tantos años.
Mientras contemplo el majestuoso despliegue militar, los pasos meticulosamente estudiados y coordinados de los cadetes, la solemnidad de sus trajes impecables, de frente percibo, en un mundo insólitamente paralelo, una desgarradora escena. La mirada de desasosiego de Jenny, su madre María Teresa y su hermano José Luis.
Esa perceptible expresión que sólo tienen los que han vivido y entendido el calvario de un secuestro prolongado. Esas ojeras que esconden tantas noches en vela, lagrimas almacenadas en un pozo sin fin, y en definitiva, la tortura de saber que ese momento, como tantos otros, no pertenece a ellos en realidad, sino a Luís Herlindo Mendieta. ¡Cómo extrañan sus ojos a ese hombre que en reflexivas misivas ha logrado crear un universo fantástico para transportar a su familia y compartir su desconsuelo!, porque sí, amar no es necesariamente contemplarse mutuamente, sino mirar los dos un mismo camino: la libertad.
La ceremonia terminó, y con ella, los eventos a los que asistirá Jenny en lo que será un extenso tiempo fuera de Colombia, por una beca que obtuvo, a través del Ministerio de Defensa, para hacer un postgrado en Nebraska, Estados Unidos, en veterinaria y zootecnia.
Cuando el día concluye, nos sentamos en su cuarto y empacando poco a poco sus cosas en la maleta, soy testigo de una despedida improvisada frente a su padre.
“Siento que tengo que dejar un poco de él acá, sabes, donde de alguna manera presiento que pertenece”, me dice Jenny cuando, con los ojos aguados, introduce tan solo un fragmento de la más reciente carta obtenida como prueba de supervivencia del General Mendieta en su equipaje. Con un marcador amarillo resalta a la vista un párrafo que desgarra el alma: “No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”.
Cuando se percata de mi solemne silencio, agrega: “Es que ya la conozco de memoria, no la necesito, tengo esa imagen grabada en mi mente y por más que me vaya lejos, bien lejos, esa escena sigue muy dentro de mí. De eso uno nunca puede huir”.
Y es que es improbable que uno logre olvidar semejante imagen, más aun cuando el que la escribe es nuestro progenitor. ¡Y cómo no!, el de Jenny es ese hombre que, arrastrándose de dolor por las espesas selvas colombianas, apenas para conseguir vivir, aguanta en un silencio enaltecedor, para de alguna manera reanudar su condición de padre y esposo.
El mayor General Mendieta, con cadenas en su cuello lacerado por la perversidad de unos y el olvido inclemente de otros, toma fuerzas y escribe los más bellos poemas de amor con tinta de sangre, dolor y sobre todo ternura para su “niña linda, mi María T”, como le llama a su esposa, a quien también le pide en estos textos que evoquen juntos mejores épocas y bailen en la imaginación nuevamente y como antes, los boleros "Cómo voy a olvidarte" y "Tu voz".
Y es que esta es la historia de un hombre, como tantos otros en Colombia, que tiene que verse en la penosa tarea de orientar a sus hijos a distancia y amar a su mujer por encima de los valles que separan sus cuerpos , mientras él se descompone poco a poco en la manigua.
Es inevitable pensar, por momentos, que lo hecho ha sido en vano y que los esfuerzos de las familias que tan escrupulosamente han buscado la esquiva libertad de los suyos, son solo esporádicas huellas de una generación idealista de colombianos que soñó con graduarse de bachiller y luego de profesional, de la mano de su padre, ser llevados a una fiesta y vigilados con el toque de queda de llegada, disfrutar de una tarde de domingo en el parque del barrio y quizás de camino a casa saborear juntos el pastel que tanto les gusta en la tienda de la esquina. Y es que todo esto, tan normal para algunos, no lo ha podido disfrutar Jenny.
Es sábado 16 de mayo, un día más en que ella, su pequeña niña, lo necesita como padre sin que él logre, aunque su alma así lo desee, cumplirle a ella y en cierta medida a la vida misma. Mientras la gran mayoría de los jóvenes en nuestro país bailan frenéticamente en alguna discoteca al son de los mejores éxitos musicales y de la mano de la aventura romántica de fin de semana, Jenny se dispone a relatar los últimos sucesos de su vida a su padre y a sus compañeros de cautiverio, en lo que pareciera ser más bien un diario público radial.
Son las 12 a.m. y estamos sentadas en la cabina de Caracol Radio en Bogotá, en el programa Las Voces del Secuestro que dirige el periodista de guerra, Herbín Hoyos y por medio del cual cada noche entre 500 y 700 secuestrados del país reciben desoladores mensajes de sus seres queridos.
Han transcurrido tres horas y las dos, con el corazón lesionado, somos una vez más testigos fantasmales del dolor que causa la guerra.
Oímos a doña Emperatriz, madre del policía Julián Ernesto Guevara, muerto en cautiverio desde el 2006 y quien fuera secuestrado junto con el General Mendieta en la toma de Mitú, sollozar como lo ha hecho por tantos años mientras clama le sean devueltos los restos de su hijo para poderle dar cristiana sepultura.
Y es que esta desalmada guerra hasta le ha arrebatado a las familias colombianas el derecho de llorar a sus muertos y ella, madre al fin y al cabo, esta convencida de que su voz no calla con la muerte. De alguna manera su corazón le sigue hablando a su hijo.
Es imposible no sentir en nuestros rostros caer las lágrimas de todas las doñas emperatrices de Colombia. Salimos un segundo a tomarnos un café, a sentirnos personas y hablamos sin parar, como para de alguna manera amordazar nuestro propio desconsuelo.
La veo nerviosa, sosteniendo la tasa como si estuviera aferrándose a la vida misma convenciéndose de la necesidad de reconstruir su relación con el país. Desdobla la carta escrita una y otra vez durante las ultimas semanas en donde le cuenta a su papá detalles minuciosos del viaje al exterior.
Es el turno de Jenny y desde la cabina nos hacen señas para que corramos. La pauta comercial termina, ella se incorpora, cierra los ojos y en su imaginación son solo ellos dos, padre e hija, sin importar que miles, millones de colombianos, estén también imaginando como suyas las palabras que ella le profesa a su General, porque los colombianos a fuerza de oírlos hablar de amor también han llegado a encariñarse con estas valerosas crónicas de vida.
Empieza por detallarle la ceremonia de ascenso y el orgullo que fue para todos estar ahí en nombre de él. Abre los ojos, y la mujer dura de piercing en la nariz que ha aprendido a convivir con la hostilidad se vuelve niña otra vez y apelando a una voz tierna que endulza el micrófono y perfuma el dolor, le dice: “¡Papito lindo, ya casi me voy, lo sabes, mucho de mí se queda acá contigo. Yo vuelvo pronto, pero quiero darte orgullo y todavía soy pequeña, tengo mucho camino por delante, para cuando llegues poderte recibir y decirte…te he cumplido papá, lo he logrado…lo hemos logrado!".